La tentación de la certidumbre- solidez perceptiva indisputable- impide hacer de la duda una posibilidad existente ante el conocimiento. Así, se hace una invitación al despojo de toda certeza para poder vislumbrar la teoría del conocimiento, desde el simple hecho de la experiencia y los canales internos que aluden a ella. Un ejemplo de esto es el fenómeno del color, el que grafica con bastante éxito el hecho de que las cosas no siempre son lo que parecen, puesto que la luz es color, y desde ese punto de vista –establecido por Isaac Newton hasta la actualidad- podríamos decir que el color por sí mismo no existe.
Hay que tomar en cuenta que el físico consiguió demostrar, que a través de un prisma, la luz blanca se descompone en seis colores primarios, y que por lo tanto al observar un objeto de un color determinado, lo que realmente se está mirando, es una superficie que contiene un pigmento que absorbe todos los colores del espectro, menos el color que está emanando tal superficie, lo cual al ser reflejado y captado por el ojo humano, se decodifica como el color discriminado.
Desde esa premisa, podemos sostener y reafirmar, que la realidad resulta ser un abismo de posibilidades mucho más grande de lo que parece, que por lo tanto el ser humano se mueve en un mundo que podría estar contenido o ser parte de otros mundos mucho más infinitos e incomprensibles para la estructura humana en general. Y que por lo tanto, lo evidente, no necesariamente es la realidad a la que una sociedad universal debe aferrarse.
Al colocar dos espejos frente a frente, se produce la sensación del laberinto o de infinito, Maturana & Varela, advierten como el mundo occidental “centrado en la acción y no en la reflexión”[1], se ciega a sí mismo ante el hecho de conocer el conocer, enunciando que probablemente las razones para no indagar en las bases del conocimiento, son principalmente por la sensación de abismo que provoca tal circularidad en el análisis de la génesis de los fundamentos, “es como si pretendiésemos que un ojo se viese a sí mismo”[2].
Este planteamiento de la infinitud de las cosas, es un tema recurrente en una variabilidad de autores desde Platón a Nietzsche, y sin ir más lejos, J. L. Borges abarca al tema de la repetición cíclica e infinita de las cosas desde la propia experiencia, el punto de vista matemático, temporal e histórico en la mayor parte de su bibliografía.
“La eternidad es una más copiosa invención. Es verdad que no es concebible, pero el humilde tiempo sucesivo tampoco lo es. Negar la eternidad, suponer la vasta aniquilación de los años cargados de ciudades, de ríos y de júbilos, no es menos increíble que imaginar su total salvamento”[3]
La imagen del eterno retorno, así como la ejemplificación de las manos que dibujan de M. C. Escher, se puede aludir al mismo hecho que produce el proceso cognoscitivo; donde la relación que existe, entre el sujeto que conoce y la “cosa” que será conocida, se logra al realizar una representación interna del fenómeno convertido en objeto del conocimiento, por lo tanto, probablemente lo que se está haciendo es reconocer algo a través de conexiones internas que se producen con enlaces entre la propia ontogenia, o las interacciones que provocan cambios específicos en la estructura interna del sujeto.
De ahí que los autores del “árbol del conocimiento” refieran a la contabilidad lógica, cómo la manera más propicia de hacerse cargo de las dos perspectivas conductuales, por una parte, la representación, que figura el dominio de los estados internos y cambios estructurales, y por otra, el solipsismo, como el dominio conductual que une las interacciones de un sujeto con el medio mientras describe su propia historia interna. “Lo que hace la presencia del sistema nervioso, es expandir el dominio de posibles conductas al dotar al organismo de una estructura tremendamente versátil y plástica”[4].
La plasticidad a la que se alude, refiere a un suceso prácticamente infinito. Si se observa a muy grandes rasgos la teoría del conocimiento, es posible sostener que según la doctrina epistemológica, la principal causa del conocimiento reside en el pensamiento. Sin embargo, la mente humana y todas sus posibilidades vuelven al plano de la infinitud, y a pesar de que el sistema nervioso funciona en una estructura determinada (abierta a una variabilidad de cambios) todo lo que surge de ella, es espontáneo y natural. Y por lo tanto, se produce una circularidad entre acción y experiencia, siendo la incertidumbre de cualquier fundamento, un proceso continuo, pero de infinitas probabilidades.
De este modo, es que se hace necesario llegar a un consenso de la realidad, puesto que si no fuese así, todo sería subjetivo e individual, dependiendo del sujeto y su contexto inmediato. A esto, los autores abordan el tema del lenguaje como un elemento fundamental de la naturaleza humana, “Toda reflexión (…) se da necesariamente en el lenguaje, que es nuestra peculiar forma de ser humanos y estar en el hacer humano”[5] por lo que además de ser un punto de partida en la reflexión, se transforma en un instrumento cognoscitivo y un problema, funcionando bajo ciertos códigos que lo definen estructuralmente y hacen posible que todo conocer sea un hacer en sí mismo. “Todo conocer trae un mundo a la mano, nuestro punto de partida será necesariamente la efectividad operacional del ser vivo en su dominio de existencia”[6]
Tomando en consideración la analogía de los espejos, como la caracterización del abismo que produce en el hombre de occidente el fenómeno del conocer, la imagen del eterno retorno y la plasticidad estructural con que está diseñado el sistema nervioso; es posible concluir, que el lenguaje toma lugar en la mente humana como un código interno que genera ciertos procesos al recibir estímulos del exterior (sentidos). Sin embargo, cualquier proceso que se genere en tal estructura, va a estar determinado en primera instancia por el lenguaje nativo, permitiendo al sujeto emisor formular un mensaje determinado.
No obstante, cuando un receptor está percibiendo un mensaje particular, es imposible que éste sea despojado de las generalidades que rodean el mensaje. De modo tal que así como todo lo dicho ha sido dicho por alguien, la complejidad del conocimiento en su esencia más pura, hace inevitable la existencia de un conocimiento universal para entender lo particular. Puesto que de otra manera, se crearían enormes distancias entre los conceptos generados por el pensamiento y lo que se está conociendo, y por lo tanto, quedando cualquier fundamento en el terreno de lo abstracto.
[1] Maturana, Humberto &Varela, Francisco (1986; 1ª ed. 1984): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria, Santiago. Capítulo I, pág. 12.
[2] Maturana, Humberto &Varela, Francisco (1986; 1ª ed. 1984): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria, Santiago. Capítulo I, pág. 12.
[3] Borges, Jorge Luis (2005, 1ª ed. 2005): “Historia de la eternidad”. Editorial Emecé, Bs. Aires. Capítulo III, pág 35.
[4] Maturana, Humberto &Varela, Francisco (1986; 1ª ed. 1984): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria, Santiago. Capítulo VI, pág. 92.
[5] IDEM. Capítulo II, pág. 13.
[6] IDEM. Capítulo II, pág. 15.
ahaha! zarpado! estuve hace un tiempo perdiéndome en algunas ideas de este mostro y me encantó, a veces las cosas más dolorosas y raras son las que me hacen más sentido...thebiologyoflove.
ResponderEliminarAhí está la gracia... el sentido del sinsentido tiene mucha más influencia en los lugares más abstractos.
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